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domingo, 1 de septiembre de 2013

'Dúctiles.'


                En el bien entendido de que al nombrar las cosas les robamos parte de su esencia, y por tanto establecemos vínculos con ellas, a nadie se le escapa hoy día la importancia de la elección de un buen nombre para cualquier nueva creación, ya sea intelectual o producto de consumo.

En este sentido, me despiertan particular interés los nombres cortos, con cierta musicalidad en su pronunciación e incluso con múltiples significados o acepciones, y de la misma manera que, por ejemplo, alguna vez he comprado vino sólo por una etiqueta bonita; otras lo he podido hacer también por su nombre.

Con cine y televisión me ocurre un poco lo mismo, y le doy una oportunidad a cualquier película o serie con un título sugerente, aunque son bastante pocas la verdad, si bien en el caso de obras extranjeras cierto grado de excusa tienen pues algunos traductores merecen cuando menos la excomunión. Aunque veo poca televisión, de series, me gusta el título de la que emiten actualmente y protagonizada por mi homónimo Santi Millán: ‘Frágiles.’.

No voy a entrar en su a veces quizás excesiva carga dramática, rozando el melodrama, o la tal vez surrealista forma de ejercer la profesión de fisioterapeuta que tiene el protagonista con sus clientes, con los que en muchos casos termina teniendo una fuerte vinculación emocional que continúa episodio tras episodio. Consiguiendo abstraerme de todo ello, reconozco que la serie me gusta, y en lo que a su título se refiere me parece muy acertado por poder aplicarse tanto a huesos como a personas, en ambos casos sin salirse de su contexto argumental.

Y es que todos tenemos muy clara la idea del significado de ‘frágil’ en ambos casos; en materiales, se trata de aquellos que experimentan muy poca deformación antes de romperse, y en personas, diga lo que diga el DRAE (‘Que cae fácilmente en algún pecado, especialmente contra la castidad.’), entendemos que se trata de individuos vencidos por los acontecimientos. Sin embargo, desconozco si más allá del contexto de ciencia de materiales, es generalizado el significado de su opuesto, ‘dúctil’, del que estudié en su momento que se trata de la propiedad que tienen ciertos materiales de experimentar grandes deformaciones antes de romperse.

Reflexionando sobre cómo se aplicaría este concepto de ductilidad a personas, entiendo que de la misma manera que es preferible frente a la fragilidad en muchos casos para los materiales, por presentar los cuerpos dúctiles la enorme ventaja de avisar con mucha antelación antes de romper, como inconveniente recuerdo también que existe un punto para estos últimos en que aun desaparecida la causa de las tensiones que han soportado, parte de las deformaciones experimentadas como respuesta se hacen en mayor o menor grado, permanentes, y que de aplicarse a personas pasarían a formar parte de la mochila imaginaria portadora de nuestros recuerdos, vivencias y emociones pasadas.

Me gustaría preguntaros una vez hubierais hecho una visión retrospectiva de vuestra vida, cómo sois, o mejor dicho cómo habéis respondido en general ante grandes presiones. Tal vez, ojalá,  no seáis pocos los que desconocéis la respuesta porque aun no habéis sido puestos a prueba.

Pero supongo que como me ocurre a mí mismo, la experiencia vital va transformando en dúctil lo que era frágil si alguna vez lo fue, o simplemente, de la misma manera que las personas tenemos estilos de aprendizaje variados (unos aprendemos intuyendo, otros reflexionando, observando, experimentando…) como he comentado alguna vez por aquí, en general reaccionamos de manera cambiante en un entorno cambiante. Así que la pregunta más interesante sería:

¿Cómo quieres que sea tu mochila dentro de diez, veinte años tal vez?
 
 
 
Un abrazo.
Santi.

martes, 25 de septiembre de 2012

''De lo particular al profundo azul.''

El tiempo de espera había merecido la pena, la reconstrucción casi integral de la vivienda había sido un éxito, pensaba su acaudalado propietario mientras miraba orgulloso los últimos retoques de las obras bajo la calidez de las últimas horas de una tarde cercana al verano.
Hasta el mosaico de la entrada que advertía de la presencia de su perro (al dibujo del animal se añadía la inscripción ‘Cave canem.’) no desmerecía tanto la esmerada ejecución de las obras como la calidad artística de los frescos que superpuestos a los antiguos, componían su nueva decoración.
Un pensamiento fugaz similar debió compartir algún vecino al pasar por su calle y contemplarlas mientras vacilaba entre emplear el resto de la tarde y las primeras horas de la noche en algún thermopolium  bebiendo vino con sus amigos o quizás en el lupanar retozando con alguna esclava, en ambos casos a su salida de las termas.
Aquellos pompeyanos superaron con éxito un terrible terremoto ajenos a la gran tragedia que en poco más de década y media les sepultaría junto a su ciudad durante casi diecisiete siglos y a que casi veinte más tarde, turistas de prácticamente todos los rincones del planeta pasearíamos por sus calles, visitaríamos libremente sus viviendas, sus edificios públicos, plazas, teatros, y en definitiva, sus vidas.
Ya en nuestros días, me gusta imaginar que probablemente hace unos meses, quizás al comienzo de la primavera, un muchacho desgarbado se jugaba de la vida dejando tirada su vieja vespa quizás heredada de su hermano mayor, en el escaso arcén de una de la numerosas curvas robadas a los bellísimos acantilados de la famosa carretera estatal 163 que recorre la ‘Costiera Amalfitana’, para escribir en la calzada raudo un grafiti (‘Francesca ti amo. By Nicola’), jugándose la vida ante un  posible atropello por un conductor de autobús como el nuestro en su ruta diaria, antes de llegar a Positano, camino de Amalfi, tal vez también desde Sorrento.
Como amante de la buena mesa, tampoco me cuesta visualizar cortando tomates para las bruschettas y metiendo cervezas en la cámara frigorífica a la abnegada cocinera y tal vez propietaria del albergue situado junto a la cumbre del monte Epomeo, en Isquia, un par de horas antes de que a sedientos senderistas como nosotros nos asaltara la tremenda duda de continuar ascendiendo escasos metros más para poder contemplar las magníficas vistas de la totalidad de la isla o directamente pasar a las allí también llamadas birras desde las casi igualmente incomparables perspectivas de la terraza del precioso refugio.
Tras esa inolvidable jornada  disfrutando la vuelta desde la cubierta del ferry, aquella misma noche casi me jugaría el tipo ante las miradas expectantes de mi compañeras de viaje paseando una noche por la principal vía comercial de Sorrento camino del local cuyo propietario con más aspecto de diseñador de moda que de artesano heladero, ofrecía productos con una calidad y variedad digna del Guinness.
Animado por el vino blanco fresquito de la cena se me ocurrió decirles  que: ‘Hay quien dice por ahí que las mujeres sois más analíticas, de preocuparos por lo particular, por el detalle, mientras los hombres somos más sintéticos, de pensar en ideas generales…’
¿Tendrían razón los tal vez psicólogos, o quizás neurólogos de quien hace tiempo leyera aquello? ¿O por el contrario serían justificadas las miradas tensas que alguna me echó?
No sabría decirlo, muchas veces me parece que sí.
Aunque un par de tardes antes, al navegar en una barquita guiñando un poco los ojos para que los rayos de luz del atardecer que lograban superar los preciosos acantilados de la isla de Capri no me impidieran contemplar unas aguas de un profundo y luminoso azul como no había visto en mi vida, durante los escasos minutos previos a mi zambullida desde la embarcación, os puedo asegurar que como tantas otras cosas, en una tregua con mi mente, por unos momentos no me  importaba lo más mínimo….



Saludos.

martes, 27 de marzo de 2012

'De sorbicos de vino estando donde quiero estar.'

Entonces… ¿Vamos ahora?
Mmm no se..
            La verdad es que cada vez nos vemos menos, pues llevamos vidas aunque diferentes, con horarios interminables para ambos. De hecho me tocó madrugar el pasado sábado para salir juntos de excursión al Cabezo Gordo y sus cuevas, pues con un paso del tiempo que no perdona, hacía ya un año de la última que compartimos.
            Me hacía esta pregunta mi gran amigo Perico en el momento del desayuno en un bar de Dolores de Pacheco, al que también habíamos estado a punto de renunciar para reincorporarnos tras la excursión a nuestros respectivos compromisos contraídos para el resto de aquella mañana.
            Habiendo transcurrido meses desde que habíamos comentado la posibilidad de ir juntos a comprar vinos a Bodegas Serrano, perteneciente a nuestro querido Pozo Estrecho, en pleno Campo de Cartagena y finalmente no pude rechazar la proposición de hacerlo el pasado sábado.
           
            Con la ventaja que supone su perfecto conocimiento de las carreteras de servicio de nuestra comarca, en pocos minutos visitamos las bodegas, y no tardamos mucho más en completar la compra de un par de cajas de vino amablemente atendidos por su gerente Manuel.
            Y es que además de la satisfacción conjunta de haber hecho una buena compra, a la vuelta a por mi coche a Dolores de Pacheco, compartimos la opinión del placer que supone disfrutar de una copa de un buen vino con amigos y allegados a los que también les guste.
            De alguna manera, en unos tiempos en los que predomina la inmediatez, querer estar permanentemente comunicado y comunicando o lo que es lo mismo, estar en un lugar pensando en tener que estar en muchos otros, no se me ocurre mejor antídoto que su sorbo de un buen caldo, cerrar los ojos y paladear….