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viernes, 27 de marzo de 2015

'Noches de radio.'

          Nunca me sentiré lo suficientemente agradecido por saber apreciar y apasionarme a diario con esas pequeñas cosas inmateriales. Así, a lo largo de mis distintas etapas vitales, sin prisa ni pausa, siempre he intentado construirme una rutina rica en contrastes y matices en la que sentirme cómodo. En la última que me ha tocado vivir y va ya para siete años, la radio ha adquirido un papel importante por acompañarme tanto en mis cien kilómetros diarios que hago como mínimo para ir a trabajar, como en mis ratos libres entre noches y fines de semana.


Como cualquier persona, en este mundo cambiante no sé que me deparará incluso el futuro más inmediato, pero siempre guardaré con especial cariño esos paseos nocturnos por un paseo marítimo solitario de Los Narejos en pleno invierno, en los que bien abrigado y siempre en compañía de mi programa de radio favorito, caminaba durante una hora disfrutando intensamente del relax de saber el día vencido.


No recuerdo exactamente el momento en que descubrí ´La Brújula.’ en Onda Cero, pero supongo que me quedé maravillado desde el primer momento en que escuché los monólogos de Carlos Alsina a las 20.00h comenzando su programa.  Sin renunciar al humor (cuando procedía) con una exquisita combinación de suspicacia, diplomacia y brillantez, me facilitaba un breve resumen de una jornada de la que hasta ese momento desconocía la actualidad informativa. Generalmente me encontraba en el coche, o muchas veces ni podía hacerlo por seguir en la oficina, pero a lo que siempre he intentado no renunciar ha sido a escuchar al menos un par de veces por semana su tertulia de economía de las 21:00 durante mis paseos nocturnos playeros.


Hace un par de semanas me enteré por la prensa de que dejaba el programa para presentar en la misma cadena el de las mañanas, y la casualidad ha querido que oyera en el coche (como no podía ser de otra manera) su monólogo de despedida que daba comienzo a su última edición de ‘La Brújula.’ tras diez años desde que comenzó a presentarlo. Verdaderamente brillante y emotivo, a la vez que lo escuchaba animado por sus palabras no he podido evitar echar la vista atrás y recordar mi última década, sin olvidar como ha cambiado tanto el mundo como sobre todo nuestro país en estos años.


            En fin, no me quiero poner sensiblero ni rollero, iba para tres líneas y al final he retrasado lo que muy agradecido me gustaría compartir, que es el enlace tanto al audio como escrito  de ese último monólogo vespertino plagado de talento de una gran persona que comienza una nueva etapa y a la que le va ir fenomenal.  


Espero que lo disfrutéis.
 





martes, 10 de marzo de 2015

80 / 20



Son muchos los motivos por los que me apasiona un taller de escritura de relatos al que asisto desde hace unos meses y que pronto finalizará.


Entre otras cosas, me ha permitido leer una bibliografía selecta escogida con excelente criterio por mi polifacética profe. También coincidir con buenos compañeros con los que analizarla  y, por supuesto, intentar escribir algún relato decente que compartir con ellos a la vez que vamos leyendo los suyos, que están resultando ser magníficos e inspiradores, todo un ejemplo para esforzarme en mejorar.


Además, si hay algo que le agradezco es asignarme fecha, obligándome a poner literalmente el culo en la silla para preparar algo que leer en clase, volviendo a comprobar empíricamente una vez más el ‘Principio de Pareto’, algo que ya había aplicado para orientar esfuerzos en otros ámbitos de mi vida, especialmente el profesional.


Para los que no la conocéis, fue planteada por el sociólogo, filósofo y economista italiano en términos de porcentajes de distribución de la pertenencia del poder y riqueza en la sociedad (afirma que un 20%  ostenta la posesión del 80%). Sin embargo, de forma más amplia, también se puede resumir de manera coloquial en que el 20% de las causas de algo es el responsable del 80% de los efectos.


Así, con la premisa de que conocemos ese reducido grupo de acciones que origina la mayoría de las consecuencias, podemos obtener un rápido rendimiento en cualquier tarea o proyecto que nos propongamos, ya sea profesional o personal.


Si os parece demasiado abstracto, pensad por ejemplo en lo fácil que es perder los primeros kilos siguiendo un régimen alimenticio  adecuado, dejar de fumar la primera semana, o con el conveniente entrenamiento, mejorar los primeros tiempos cuando se empieza a correr….


Una vez que tenemos una mejora rápida obtenida con un rendimiento excelente en base a un esfuerzo correctamente orientado, nos invade la duda propia de cualquier jugador de casino que ha tenido una buena noche:


¿Cuando paramos?


Salvo que seamos unos optimistas irredentos embaucados por la ingente bibliografía de la psicología positiva (que en muchos casos tanto daño ha hecho), conscientes de que tenemos tiempo y talento limitados, comenzaremos a intuir que el camino que nos queda es mucho más complicado y requiere unas ingentes cantidades de esfuerzo.


Entre otras muchas opciones, algo razonable podría ser quedarse en el tramo inicial de casi todo lo que comenzamos obteniendo éxitos moderados a un coste muy razonable, porque así nos sobrará tiempo para encontrar nuestras verdaderas pasiones, aquello por lo que merezca la pena dejarse la piel por el camino para llegar a lo máximo a lo que podamos aspirar.
 
También habrá quien se machaque por igual en todas y cada una de sus metas, sin valorar demasiado los recursos que va consumiendo por el camino, ni la prioridad relativa de sus potenciales logros.


Me imagino que, tarde o temprano, cada persona encontrará su receta.


¿Y tú, la encontraste?
 







miércoles, 15 de octubre de 2014

''Eligiendo los yogures.''

           Desde pequeño siempre me encantaron las revistas y los libros de divulgación científica, sobre todo los artículos que hablaban de lo extraordinariamente grande como planetas y galaxias, o de lo increíblemente pequeño como átomos y quarks.

De esto último, la física cuántica, intentaba extrapolar algunos fenómenos a la escala de mi mundo y además de sufrir vértigo mental, ocurrían cosas muy extrañas como en el de Alicia en el País de las Maravillas. A pesar de ello había ideas que me parecían muy interesantes como la de que por el simple hecho de contemplar la realidad, alteramos su estado.

Sin ánimo de confundiros con ejemplos que os puedan parecer exóticos de lo que comento, hay uno que me gusta desde hace años: imaginad que tenéis que medir la temperatura del agua de una piscina con un termómetro convencional. En sentido estricto, lo que vais a poder medir es una especie de media ponderada entre la temperatura inicial del termómetro y la del agua. Pensaréis que siendo la masa de agua muy superior a la del termómetro la diferencia va a ser insignificante y así es, pero imaginad por un momento  que el termómetro es muy grande, hay poca agua, siendo además las diferencias de temperaturas iniciales considerables. Las cosas comienzan entonces a distorsionarse más de lo aceptable quizás.

Os comento todo este rollo introductorio porque en la compleja época que nos está tocando vivir, por primera vez en la historia tenemos acceso en tiempo real a noticias ocurridas en cualquier parte del planeta, lo cual presenta no pocas ventajas e inconvenientes difíciles de digerir con la misma rapidez que se ponen de manifiesto.

Así, uno de los aspectos positivos de la tecnología es la posibilidad de denunciar injusticias sociales, religiosas, políticas o económicas allí dónde suceden, haciendo que algunos de los colectivos responsables, iluminados por un repentino interés por la ética y la transparencia hagan acto de contrición y se autoimpongan severos reglamentos para evitar que determinadas conductas reprobables vuelvan a repetirse.

Sin embargo entiendo también que al igual que cualquier poder conlleva una responsabilidad, siendo termómetro virtual de todo cuanto ocurre, los ciudadanos como opinión pública también tenemos cierta obligación de hacer un ejercicio responsable al dejar constancia de nuestras opiniones sobre la actualidad, cualesquiera que sean los medios. Más que nada para evitar una espiral retroalimentada de desinformación, confusión y caos que en la mayoría de los casos a nadie beneficia por hacer indistinguible la temperatura de los hechos con la de las opiniones en muchos casos irreflexivas, destructivas y condenatorias del tipo que sean.

En particular, me refiero a que asumiendo que la actualidad sucede a un ritmo vertiginoso con una velocidad muy superior a nuestra capacidad para formarnos una opinión propia de casi cualquier tema, al menos con ciertos sucesos sensibles deberíamos darnos  al menos un par de días para analizar lo que ocurre. Me incomoda bastante cuando se da un suceso improbable de alto impacto, contemplar por ejemplo en redes sociales un número ingente de documentos de opinión claramente sesgados, que no han sido reflexionados (ni en muchos casos leídos) por quien los comparte. Y es que en el mundo en el que vivimos resulta infinitamente más fácil suscribir la opinión de un tercero (con independencia de su rigor) que formarnos la nuestra.

No deberíamos subcontratar nuestro pensamiento en paquetes completos sesgados como quien se tiene que llevar los yogures de plátano junto con los de fresa por ser packs indivisibles en el estante del supermercado.

Pensemos por ejemplo antes de compartir la información de un tercero sobre algo de rabiosa actualidad (suponiéndola veraz), si podríamos mantener nuestra opinión dentro de un periodo de tiempo razonable (por ejemplo un año) con independencia de los hechos que vengan después y que a buen seguro la pondrán a prueba.

También si en una imaginaria ‘cata ciega’ de opinión, la mantendríamos o atacaríamos sin saber antes de qué organización económica, política o religiosa proviene.

O si  es suficiente para validarla que se sostenga una postura parecida en otro país, aunque sea el mismo al que recurrimos para invalidar otras cuando nos conviene.

Y finalmente si una persona concreta, o incluso un hecho que implique a muchas, son suficientes para invalidar una idea.


Fuente Wikipedia


“Las grandes mentes discuten ideas. Las mentes promedio discuten eventos. Las mentes pequeñas discuten personas” – Eleonor Roosevelt

domingo, 21 de septiembre de 2014

'¿Sólo un juego?'

     Aún con menos tiempo disponible del que me gustaría, llevo un par de años simultaneando la lectura de novelas con la de  ensayos que me ayuden a entender en mundo en el que vivo.

    No sabría concretaros exactamente la temática de algunos, creo más bien que son multidisciplinares, si bien todos suelen incluir entremezcladas ideas filosóficas, sociológicas, antropológicas, económicas y también relacionadas con la psicología e incluso con el marketing.

       El último de los libros de esta temática tan variada con el que estoy es la ‘La tabla rasa.’ (S. Pinker). Debido a su profundidad y extensión, y al escaso tiempo que le dedico, voy más lento de los que me gustaría, pero habiendo pasado  la mitad de sus más de seiscientas páginas os puedo asegurar que es una obra magistral sobre la naturaleza humana, pues recopila, analiza y en algunos casos desmitifica los múltiples puntos de vista que a lo largo de los siglos hasta la actualidad han ido aportando filósofos, antropólogos, economistas, políticos, neurocientíficos e incluso hasta dictadores genocidas.

      Esta mañana leía unas páginas de esta obra sobre el altruismo y me ha llamado la atención como explicaba a través de los estudios de algunos economistas conductuales, algo que muchos de nosotros intuimos y es que la inmensa mayoría de las personas ni somos los egoístas inmorales que comportándose en base a intereses individuales hacen funcionar el mercado estrictamente según oferta y demanda, ni tampoco en el otro extremo encajamos bien en un modelo comunista en el que todo es de todos.

      Lo explicaba con cuatro juegos desarrollados para estos estudios en los que os animo a participar a través de vuestros comentarios:

  1. El juego del Ultimátum: Consigues una gran suma de dinero que debes repartir con otro participante. Puedes repartir a tu criterio pero si el otro rechaza su parte, los dos os quedáis sin nada. ¿Cuánto le darías?
  2. El juego del Dictador: Igual al anterior, pero el otro jugador nada puede hacer ante lo que reciba. ¿Cuánto le darías?
  3.  El juego del Doble ciego del Dictador: Igual que el anterior, pero se esconden las propuestas de muchos jugadores, y ni los organizadores del experimento ni los que reciben saben cuánto ofreció cada uno de ellos ni de quién han de recibir. ¿Cuánto darías?
  4. Finalmente, está el juego del Bien Público: todos los jugadores hacen una aportación anónima y voluntaria a un bote de dinero común; en este caso quien realiza el experimento lo dobla y el bote se reparte a partes iguales entre los participantes, cualquiera que haya sido su aportación. ¿Cuánto aportarías?

 Espero que os hayan parecido interesantes esto juegos, y en función de vuestro interés, en unos días desarrollaría tanto el comportamiento de los participantes en de estos estudios como las  conclusiones académicas a las que se llegaron y las implicaciones sociológicas y políticas que tienen.




EDITADO: Los tres primeros juegos conductuales se podría decir que estudian comportamientos individuales para determinar aspectos concretos en relación con el altruismo a nivel individual.

Así, en el primero de ellos la mayoría de las personas ofrece una cantidad inferior a la mitad, que sería la cantidad que tiene unas posibilidades muy altas de ser aceptada por el contrario. De esa cantidad que ofrece una parte está relacionada con el miedo a ser rechazada por el contrario como represalia por recibir una cantidad sensiblemente  inferior a la que recibió el participante.
Si se descuenta el miedo a la represalia entramos en el segundo juego, en el que el posible receptor no tiene capacidad de decisión alguna y por tanto el jugador tiene control total sobre las consecuencias de su decisión. En este caso y como es de esperar, la cantidad media que se ofrece es  inferior a la primera. De esa parte que se ofrece hay una parte que está relacionada con la imagen que puedan tener de nosotros tanto el entrevistador como el posible receptor.

Finalmente, y ya bajo el anonimato, como es de esperar, se comprueba en los experimentos que las cantidades se reducen drásticamente de media.

Los que separa a esas cantidades de ser cero  está relacionado con nuestro altruismo  podríamos decir ‘natural’o intrínseco.

El último de los juegos tiene una naturaleza algo distinta y tiene que ver con nuestro altruismo pero en relación con la organización social a la que pertenecemos. En este juego la estrategia colectiva óptima es aportar todo lo que tenemos, pues si todos los participantes se comportan igual, se dobla la totalidad de los bienes del conjunto de los participantes.

Sin embargo la estrategia individual óptima es no dar nada y esperar recibir nuestra parte una vez que se doblen las aportaciones de los demás, circunstancia que bajo el anonimato es fácil que se dé. Adicionalmente, la decisión de aportar muy poco sobre lo que se tiene o nada puede obedecer también  a otro enfoque particular en el caso de una persona que posee mucho más dinero que las demás, si lo aporta todo, aun cuando los demás hicieran lo mismo, al recibir su parte de repartir a partes iguales lo doblado entre todos podría recibir menos de lo aportado. Ambas circunstancias podrían explicar por qué en organizaciones sociales incluso con economías muy intervenidas en lo que se refiere a políticas redistributivas de riqueza, las personas ( en su ‘holgazanería social’ según la denominan los psicólogos sociales) no se esfuerzan al máximo (en el juego de la cuerda tiran menos de lo que lo harían individualmente, o ante una ovación pública aplauden con menos gana) con independencia de que tengan mucho o poco.




domingo, 31 de agosto de 2014

'Agárrate que vienen curvas.'

             Con el paso de los años, nunca terminas de estar seguro de si esta actitud vital de vivir analizándolo todo es un premio o un castigo, pero al final terminas dándote cuenta de que es inútil imaginarte sin hacerlo porque con la pérdida de algo tan íntimo,  serías entonces otra persona.
           
En mi época de estudiante, esta forma de ser tenía sus ventajas, por ser mucho más fácil asimilar algo que has entendido aunque fuera incluso bibliografía técnica. Me viene a la memoria por ejemplo, que en la normativa para el diseño de carreteras te limitaban la longitud máxima de las rectas a intercalar entre las inevitables curvas, y también la relación entre los radios consecutivos de éstas últimas. Me resultaba entonces mucho más fácil para memorizar que se debían evitar las rectas largas para que el conductor no redujera su nivel de atención ante la conducción y que, intercalar después de forma súbita una curva cerrada (de pequeño radio) sin antes pasar por una más amplia, como si de un garrote de caramelo se tratase, podía aumentar sensiblemente la accidentalidad creando un punto negro.
           
Viviendo en un permanente (y muchas veces involuntario) escrutinio de todo lo que te rodea resulta difícil aburrirte, pero si incluso la apasionante y a la vez dramática época de cambio que nos toca vivir no resulta suficiente, siempre está ahí el eterno comodín de la especulación sobre el futuro, cuestión muy interesante además de para reflexionar sobre ella, también para compartir unas cervezas.
           
Normalmente lo que ocurre al tratar este tema con amigos soñadores como los lectores de este blog, surge una tormenta de ideas aparentemente inconexas o contrapuestas, que en medio de una animada charla no siempre es fácil conectar o reconducir, algo que sin embargo resulta más fácil por escrito.
           
Al hablar el progreso, la cuestión estrella, hay un consenso generalizado acerca de que estamos en el mejor momento de la historia de la humanidad, por tener acceso a productos y servicios (sanitarios, educacionales o asistenciales), que han hecho que se haya duplicado la esperanza de vida en el último siglo y que siga aumentando a un ritmo de dos años y medio por década. También en contra de la intuición, parece ser que estamos viviendo la época con los índices de violencia en mínimos absolutos. Puede parecer un contrasentido esto que afirmo, no ya por la inevitable comparación entre países desarrollados y el resto, sino incluso en nuestro propio país, donde parece que día a día  aumentan las desigualdades sociales; y sin embargo no son en absoluto hechos incompatibles.
           
Imaginad a dos coches recorriendo una carretera diseñada con las pautas generales que os he comentado antes, con rectas no demasiado largas, y curvas de diversos radios que aumentan o disminuyen gradualmente; el primero de ellos es relativamente nuevo y potente, además de ir cargado de combustible, mientras que el segundo es viejo, de prestaciones convencionales y además no va sobrado de combustible. A priori, ambos coches avanzan en una marcha a distintas velocidades, por lo que inevitablemente la distancia entre ellos es variable,  y aumenta especialmente en las curvas, donde al motor del segundo por su menor potencia y carga de combustible le cuesta más obtener potencia extra para salir de la curva; por el contrario en alguna de las rectas, algunas veces el segundo vehículo puede recuperar algo de la distancia perdida frente al primero. No cuesta demasiado extrapolar el primer coche a las naciones o colectivos ricos y desarrollados, el segundo al resto de colectivos, las rectas a los periodos de paz y crecimiento económico, y  finalmente las curvas a las crisis.
           
Incluso con una visión tan simplificada del progreso, es inevitable pensar en qué se basa, lo que conduce indefectiblemente a pensar en materias primas procedentes de la minería, en las áreas cultivables a nivel mundial, las destinadas a la ganadería, y en última instancia, al consumo de energía global. Es entonces cuando a nadie se le escapa que no se puede sostener un crecimiento indefinido basado en recursos claramente finitos. No pretendo escribir aquí una entrada apocalíptica, pero al menos sí sembrar la duda acerca de si el modelo capitalista basado en un consumismo desaforado es sostenible. Los defensores del modelo actual argumentan que siempre habrá un salto tecnológico que aumente increíblemente la eficiencia en el uso de los recursos, pero aunque no me cabe duda de que la tecnología conseguirá logros increíbles a día de hoy en las próximas décadas en campos como la nanotecnología, la ingeniería genética y la inteligencia artificial, tal vez alguno de ellos llegue tarde, de manera que antes de llegar a disfrutar de la increíble calidad de vida que nos proporcionarán, muchos coches como el segundo del ejemplo se quedan tirados en unas imaginarias curvas cada vez más cerradas.
           
Continuando con mis especulaciones, también me planteo cuestiones como que incluso sin conocer los límites del planeta, si la población mundial se ha duplicado desde 1970 hasta ahora, dudo que fuera sostenible sea posible que lo volviera a hacer en los próximos cuarenta años. En este sentido, soy consciente de que la evolución demográfica mundial es la agregación de las de los distintos continentes, que son absolutamente dispares en este sentido, pues nada tiene que ver una cada vez más envejecida Europa con Latinoamérica ó África, así como de existen países con grandes tasa de crecimiento y otros como China con una política demográfica muy estricta. No obstante, la tendencia actual, aun con cierto ralentizamiento, es de continuar creciendo.

Por todo esto que os comento, no me cuesta imaginarme un futuro próximo con aumento de presión migratoria (con el consiguiente mestizaje) tanto entre distintos continentes como entre países cercanos debida a esta crisis actual que parece que vaya a hacerse endémica, causando muchas tensiones sociales y xenofobia debidas a las dispares interpretaciones  de diversos colectivos en cada país sobre el aumento de las desigualdades, con el consiguiente surgimiento de partidos políticos en ambos extremos del espectro político. Esto tal vez ocasione entre otras cosas, que ante el dilema moral de los gobernantes entre seguridad colectiva y libertad individual, termine ganando la primera, con las inevitables consecuencias sociológicas que ello tendrá, entre ellas reforzando la actual tendencia de que la forma de relacionarnos se base cada vez más en la tecnología frente a los encuentros reales. Tampoco me cuesta imaginar el aumento de las crisis entre las relaciones de los países del primer mundo por el control de las fuentes de energía, aunque la versión oficial para los medios sea que las causas de estas crisis siempre sean cuestiones éticas apelando a la solidaridad entre los pueblos. Visto así, hasta futuras grandes guerras no parecen descartables como un motor más (junto a las catástrofes naturales, la obsolescencia programada, o hacer creer a los consumidores que tienen necesidades materiales muy por encima de las que realmente tienen)  de un sistema capitalista que necesita destruir bienes prácticamente a la misma velocidad que los crea, para seguir vendiendo otros nuevos que los sustituyan.

Así, siempre termino elucubrando si el futuro que nos espera será como las carreteras que me enseñaron a diseñar, o  si por el contrario, tras la última recta larga de más, la próxima curva será muy cerrada como aquel garrote de caramelo, que esta vez sería de todo menos dulce. 


           





domingo, 6 de abril de 2014

'Hablemos de poesía.'


         No es ningún secreto para los que llevéis tiempo leyendo este blog que tengo escasos (por no decir nulos) conocimientos de técnica narrativa. Si por el contrario sois neófitos, en unas pocas líneas lo comprobaréis enseguida.

          Será porque en esta cultura tan de siempre de los yanquis de fracasar repetidamente soy alumno aventajado en todos los campos en los que he podido emplearme, que a los variados fracasos profesionales, sentimentales, y personales en general, últimamente también estoy añadiendo los literarios.

En este sentido y ya más cerca de los cuarenta que de los treinta, no sólo no me molesta, sino que como complemento a aprender de quienes (tanto empresas como personas)  lo hacen bien en base a sus ‘FCE’ (‘factores clave del éxito’), también me interesan los ‘FCF’ (‘factores clave del fracaso’) de quienes no lo hacen tan bien, porque me parece esencial algo que estudié hace años en mi escuela de ingeniería para los materiales, la resiliencia, desconociendo en aquel momento que también se aplica a las personas, como la capacidad de sobreponerse a situaciones adversas.

       Decidido también a continuar con mi resiliencia literaria, a base de presentarme con mucha moral pero sin ningún éxito hasta la fecha a unos cuantos concursos de relatos, me gustaría compartir con vosotros un reciente descubrimiento interesante que he hecho entre el penúltimo y el último fracaso: el verdadero sentido de la poesía.

           Echando una ojeada a esta ventana al mundo que es internet en busca de la receta mágica para escribir microrrelatos (con la osadía de no haber leído antes), encontré entre los variados blogs de escritores, uno que se despachaba en trece jugosos consejos bastante interesantes en general, de los cuales el segundo me maravilló:

‘2. Acción, acción, acción. Sólo los genios conciben micros eficaces empleando la inmovilidad. Si no eres un escritor de genio, y no puedeshttp://cdncache-a.akamaihd.net/items/it/img/arrow-10x10.png resistirte a la inmovilidad, dedícate a la poesía, la pintura o la fotografía; o a construir edificios, que es más rentable.’(*)
            Con la lección aprendida de mi anterior fracaso a partir de de los consejos de una excelente escritora murciana, acerca del delicado equilibrio entre el tiempo narrativo y la extensión del relato, con estas anteriores frases que he transcrito literalmente descubrí algo casi mágico: si escribes no puedes pretender encorsetar un tiempo narrativo muy extenso propio de una novela dentro de un relato, ni por el contrario resulta adecuado escribir escasas líneas sobre un breve instante en el que no hay apenas acción, lo que en definitiva es… poesía.
          
             Continuando con el amable consejo nº2 y obviando el simpático hecho de que ya me he probado construyendo edificios, haciendo fotografías o pintando cuadros, me apasiona el concepto que tiene el autor de las anteriores líneas. Si para él, la poesía es la descripción breve de la inmovilidad, queridos amigos lectores tengo el gusto de deciros que la podemos encontrar por todas partes.
               
              Así, en este excelente domingo que ahora acaba y que he disfrutado con buenos amigos, he encontrado poesía en  tener que guiñar los ojos ante un sol de justicia y una incipiente brisa marina, en la escarcha de las jarras de cerveza helada, en las sonrisas sinceras de quien se alegra al verme, en el profundo carmesí del buen vino compartido….

             Y a vosotros….
¿Os gusta la poesía?        
            

(*)Fuente;  ‘Trece consejos para escribir microrrelatos’, Blog de Orlando Romano: ‘La nave de los locos.’.

lunes, 18 de noviembre de 2013

'De grifos abiertos y patadas a la piedra.'


                A menos que esté fuera de la Región, tras una intensa semana laboral en Murcia, los fines de semana me gusta salir a pasear por la playa con la compañía de algún programa de radio.

Hace unos días, por ejemplo, sintonizaba ‘Te doy mi palabra.’ de Isabel Gemio en Onda Cero, cuando a mitad de entrevista a José Luis Garci (con motivo de la publicación de su último libro sobre cine descubriría después), y en un determinado momento afirmaba algo así como ‘Las crisis ocurren cuando lo viejo no termina de irse y lo nuevo no termina de llegar.’

Hablando también de crisis, hace un par de semanas, esta vez en televisión, en el programa ‘Salvados.’, Arturo Pérez Reverte con cierta resignación afirmaba ante Jordi Évole que ‘lo más triste es que deseamos que pase esta crisis para volver a hacer lo mismo que la causó’.

Me parecieron interesantes ambas afirmaciones, especialmente la segunda que remarcaba el carácter cíclico de los vaivenes de la economía (como conjunto de decisiones de la sociedad). Así vivimos en el contexto de una economía siempre en constante cambio, y que si alguna vez parece estar equilibrada lo es por el equilibrio puntual e inestable del comportamiento macroeconómico de las variables más importantes (PIB de un país y sus componentes, tasa de empleo, inflación, tipos de interés, etc) , como el de un lavabo en el que se deja un grifo abierto y por el sumidero desagua exactamente las misma cantidad  de agua que la del chorro que pretende hacerlo rebosar.

Precisamente esta analogía entre comportamiento de una economía y un circuito hidráulico sirvió de base para que el economista neozelandés William Phillips inventara en 1949 un ordenador hidráulico (MONIAC), que en definitiva consistía en un entramado de tuberías y vasos transparentes por el que el agua, que representaba el dinero, debía circular. El circuito comenzaba con la emisión de dinero del Tesoro, y a lo largo de una red de bifurcaciones, con otros depósitos y válvulas y bombas, se iban simulando los efectos de importaciones, exportaciones, impuestos, inversiones ahorro, superávit, déficit etc. Se pretendía conocer con anticipación cualquier efecto en la economía de la alteración de alguna de las variables citadas, intentando evitar que el sistema se secase o encharcase. Con independencia de que la economía tiene un comportamiento de una complejidad muy superior a la que dicho ordenador conseguía representar, hay que reconocer que el invento resultaba tremendamente ingenioso y pedagógico, por lo que me encantó poder contemplar en su momento una de los escasas máquinas  fabricadas en el Museo de la Ciencia de Londres.
Máquina MONIAC exhibida en el
Reserve Bank of New Zealand (Fuente: Wikipedia.)

Así que pensando en los flujos económicos como caudales de líquidos que llenan recipientes, se me hace extraño entender una economía como la nuestra, en la que se da por sobreentendido que (representada por el PIB como variable fundamental) tiene que crecer indefinidamente para que las cosas vayan razonablemente bien, siendo por ejemplo ahora mismo una de las mayores preocupaciones sobre la economía de nuestro país discernir cuánto tiene que crecer para generar empleo: que si un 1,5%, o tal vez un 2,5%,…; quién sabe.

En primer lugar, para crecer constantemente de manera indefinida ( en un mundo en el que además cada vez somos más) , se intuye que como poco (a igualdad de precios), hay que consumir (destruir) al menos a la misma velocidad que se crea. Aquí entrarían en juego la obsolescencia programada de infinidad de bienes producidos, el marketing para estimular las motivaciones de compra de muchos productos que en sentido estricto o no necesitamos o vienen a sustituir a otros aun útiles y en última instancia, la capacidad destructiva de los siempre indeseables desastres naturales y las temidas guerras.

En segundo lugar, nunca hay que olvidar que no se cuenta con recursos ilimitados que respalden indefinidamente dicho crecimiento, en particular el (tan estrechamente ligado al PIB) consumo de energía, y otros factores limitantes como la capacidad del planeta para absorber la contaminación generada por la actividad económica humana, o la superficie cultivable, entre otros…

Bajo esta premisa de razonamiento que cuestionaba la posibilidad de un crecimiento ilimitado basado en recursos limitados, en 1968 se fundó el Club de Roma en dicha ciudad, una asociación de tipo ONG integrada por políticos y científicos. Esta asociación prácticamente desde sus orígenes es mundialmente conocida por haber encargado al Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) el célebre informe ‘Los límites al crecimiento.’ publicado por primera vez en 1972, y que desde entonces ha sido motivo de revisiones aproximadamente decenales. Para elaborarlo se utilizó una técnica llamada Dinámica de Sistemas, que a través de un programa informático específico (World3) realizó diversas simulaciones, obteniendo la siguiente conclusión principal:

              ‘Si el actual incremento de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de los recursos naturales se mantiene sin variación, alcanzará los límites absolutos de crecimiento en la Tierra durante los próximos cien años.’ (Fuente: Wikipedia).

                Como os podréis imaginar, algunos de los escenarios que contempla no son muy atractivos, pues habla de agotamiento de recursos naturales, seguido de un colapso de producción agrícola e industrial y un brusco decrecimiento de la población humana. Lógicamente desde su publicación han generado no pocas controversias, siendo las principales críticas que no tiene en cuenta los efectos favorables de nuevas tecnologías que puedan aparecer hasta entonces. También se les acusa de haber manipulado datos para obtener tan catastrófico resultados. En cualquier caso no se puede negar que más allá de la precisión de sus terribles predicciones, tratan de alertar sobre peligros relativamente inminentes, y aportan posibles soluciones constructivas en la búsqueda de un futuro mejor a largo plazo.

                En mi opinión (a nivel de barra de bar), qué duda cabe de que en las próximas décadas se van a desarrollar espectaculares avances tecnológicos en las áreas de ingeniería genética, nanotecnología e inteligencia artificial, que van a alterar sustancialmente la forma de  alimentarnos, sanarnos, educarnos y relacionarnos. También llegarán la fusión nuclear como fuente de energía y se desarrollarán muchísimo las renovables: la cuestión es si estos avances llegarán a tiempo como la mano amiga que salva del precipicio al escalador protagonista de la película en el último minuto.

                Mientras  tanto, en vez de esperar a esos desarrollos, y seguir con el mismo modelo económico como el que paseando se encuentra una piedra y le da una patada  a sabiendas de que se la volverá a encontrar unos metros más adelante… 

¿No sería mejor comenzar a plantearnos modelos económicos alternativos, más austeros y sostenibles?

martes, 11 de diciembre de 2012

''Recuerdos del Mediterráneo''

Comenzaba la semana pasada uno de mis paseos nocturnos, cuando en la sección de economía del programa radiofónico ‘La Brújula.’ un colaborador habitual de la tertulia  comentaba el interesante algoritmo desarrollado por una profesora universitaria de la Universidad de Michigan, que permitía predecir con gran fiabilidad si una receta de cualquier página web o blog gastronómico tendría éxito.
Lo interesante, decía el colaborador, es que una vez más venía a demostrar, que si bien las personas a nivel individual somos impredecibles, como colectivo ocurre totalmente lo contrario.
Según explicaba, para la profesora la cocina era una afición inicialmente, que se convirtió en objeto de estudio tras analizar cincuenta mil recetas con más de dos millones de críticas. Trabajando sobre estos datos, ella y su equipo desarrollaron una fórmula con un 70% de aciertos en la predicción de la valoración media de una receta.
Pero lo verdaderamente interesante lo consiguieron al estudiar las combinaciones de ingredientes más exitosas dentro de las recetas y sus frecuencias de aparición. Añadiendo esta nueva perspectiva al modelo matemático, que se recoge en el mapa global de sabores (pues las preferencias culinarias, como tantas costumbres, varían por países), aumentaba la eficacia de las predicciones hasta el 80%.
Personalmente la actividad de esta profesora, además de una envidia insana por centrarse en dos de mis pasiones, matemáticas y cocina, me provoca una cierta inquietud, pues veo inevitable en un futuro próximo nuestros hábitos y preferencias colectivas diseccionadas a un nivel sin precedentes.
Junto a las recetas infalibles, no tardarán en llegar los programas de televisión con éxito asegurado, así como un variado tipo de negocios, obras literarias, musicales o incluso perfiles políticos que, siendo resultado de una fórmula predictiva, tendrán una demanda asegurada.
También me apena un poco que se pierda la sensación que cualquier aficionado a la cocina tiene cuando inventa alguna receta, que desde luego es muy similar a la que tiene experimenta alguien a que le gusta escribir cuando hilvana líneas fruto de una inspiración repentina.
Pero sobre todo me cuesta imaginar que se pierda la emoción contenida de ambos, el escritor y el cocinero, hasta comprobar que su obra ha sido del agrado del público, su público.
Como aficionado a la cocina en general, y a la repostería en particular, hace poco tuve la oportunidad de sentir esto que os cuento, pues me animé a crear mi propia receta de magdalenas, partiendo de un sabor inicial de limón y queso, al que decidí acompañar con coco y vainilla. Por aquello de que, aunque modificando existentes, era la primera receta creada por mí, decidí ponerles nombre a mis criaturitas, que desde entonces pasarían a llamarse:
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‘Recuerdos del Mediterráneo.’
·         Parte seca:
o   225 gr de harina de fuerza.
o   75 gr de harina de maíz.
o   35 gr de coco rallado.
o   180 gr de azúcar blanco.
o   115 gr de azúcar moreno.
o   1 sobrecito de levadura.
o   1 par de cucharadas de postre de azúcar vainillado.

·         Parte húmeda:
o   2 huevos.
o   2 brick de nata para cocinar (20% M.G.) de 200 ml.
o   75 gr mantequilla  (se añadirá fundida).
o   El zumo de un limón y medio.
o   Un chorrico de agua de azahar.

·         Relleno:
o   150 gr de queso crema para untar.
o    40 gr de azúcar blanco.

·         Glaseado:
o   150 gr de azúcar glas.
o   Zumo de limón hasta conseguir una textura espesa intermedia entre la miel y un batido.
La receta (para unas 12 ud medianas) se puede hacer fácilmente mezclando en un bol grande todos los ingredientes de la parte seca (es interesante tamizar la harina haciéndola pasar por un colador por el orden en que os los he nombrado), y en otro algo más pequeño los de de la parte húmeda. Una vez hechas ambas mezclas, se añade lentamente el contenido del bol pequeño en el grande, sin parar de mover y la mezcla ya está preparada.
Se rellenan los moldes de las magdalenas hasta la mitad, y se añade a cada uno una cucharada de relleno (cuyos ingredientes previamente habremos mezclado en otro recipiente pequeño), para terminar llenando completamente el molde con la mezcla.
Se hornean unos 20-25 minutos a unos 160-180 ºC en el horno previamente precalentado, y una vez listas, desmoldadas y enfriadas, se le añade el glaseado de limón que se prepara en el momento con la textura indicada.
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Si os animáis a prepararlas ya os adelanto que no necesitáis fórmula alguna que prediga vuestro éxito, lo tenéis garantizado. 

jueves, 16 de agosto de 2012

'Los recortes del barbero.'

Con la reciente incorporación del término friki a la última revisión del Diccionario de la R.A.E. me puedo dar el gusto de usarlo para definirme correctamente como tal por ejemplo por, entre otras cosas, mi pasada afición de mi época de estudiante a repasar con mucha curiosidad los libros de texto ó colecciones de apuntes de las diferentes asignaturas nada más adquirirlos curso tras curso.
Ya en la universidad, uno de los que más me llamó la atención fueron los apuntes encuadernados de ‘Algebra Lineal.’ del profesor Mateos, fundamentalmente porque al tratarse de un libro de matemáticas pretendía encontrarme muchos números en  ejemplos o ejercicios, y la verdad es que haciendo memoria creo que no aparecerían hasta casi las lecciones finales del texto.
Y  como os podéis imaginar las clases siguieron la misma pauta, ante un grupo numeroso de ilusionados alumnos de primer curso, se presentaba  a las primeras horas de la tarde el ya mayor y muy delgado profesor perfectamente trajeado a explicarnos  de manera casi paternal, y con buen humor a la vez cosas como:
‘Hoy vamos a hablar acerca del concepto de relación, por ejemplo la relación ‘ser antepasado de’. Podemos afirmar que los antepasados de nuestros antepasados son también nuestros antepasados, a diferencia de lo que ocurre en otras relaciones como la de ‘ser hijo de’….’
Según fueron pasando las semanas y los meses, ya superado el desconcierto inicial, reconozco que mi afición por las matemáticas siguió intacta y hasta hoy me sigue gustando leer sobre su historia y la de sus grandes genios.
Uno de ellos, Kurt Gödel, apenas conocido fuera de su ámbito, es reconocido como uno de los pensadores más influyentes del s.XX tanto en el campo científico como filosófico, porque de alguna manera puso límites al conocimiento con sus teoremas de la incompletitud , que en esencia y de manera muy grosera (pido perdón a algún matemático que me pueda leer) demuestra que hay sistemas sobre los cuales al hacerse afirmaciones muy fuertes, aparecen aspectos que no pueden decidirse, de manera que nunca podernos tener la información completa sobre dichos sistemas.
Hay ejemplos sencillos para ilustrar la tremenda complejidad que ello entraña, siendo uno de los más célebres la paradoja del barbero (B. Russell), que se puede enunciar de esta forma:
‘‘En un lejano poblado de un antiguo emirato había un barbero llamado As-Samet diestro en afeitar cabezas y barbas, maestro en escamondar pies y en poner sanguijuelas. Un día el emir se dio cuenta de la falta de barberos en el emirato, y ordenó que los barberos sólo afeitaran a aquellas personas que no pudieran hacerlo por sí mismas. Cierto día el emir llamó a As-Samet para que lo afeitara y él le contó sus angustias:

-- En mi pueblo soy el único barbero. No puedo afeitar al barbero de mi pueblo, ¡que soy yo!, ya que si lo hago, entonces puedo afeitarme por mí mismo, por lo tanto ¡no debería afeitarme! Pero, si por el contrario no me afeito, entonces algún barbero debería afeitarme, ¡pero yo soy el único barbero de allí!
El emir pensó que sus pensamientos eran tan profundos, que lo premió con la mano de la más virtuosa de sus hijas. Así, el barbero As-Samet vivió para siempre feliz’’.

Me resulta inevitable acordarme de esta historia estos días por la imagen mental del barbero que asocio a recortes, y a la vez a que la causa de los mismos es debida en gran parte a haber mantenido como verdades inmutables posturas políticas que probablemente deberían haber sido cuestionadas a tiempo.
Seguramente afirmaciones tan tajantes como que había que descentralizar en cualquier caso y lugar casi todas las competencias fundamentales del Estado, o que había que conceder o denegar ayudas y subvenciones haciendo tabla rasa, nos puede costar perder nuestra soberanía nacional como consecuencia inmediata de perder el control sobre nuestra política económica al ser intervenidos.
Discriminar casuísticas con independencia de las ideologías, exige en primer lugar mucho esfuerzo en la búsqueda de la equidad, valentía para adoptar las decisiones tomadas, y pedagogía para explicarlas…

¿Llegaremos a tiempo?
¿Tendremos el final feliz del barbero?
No perdamos la ilusión.
Un abrazo.
Santi.