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miércoles, 2 de marzo de 2016

'Al otro lado.'

Como en la canción de Los Secretos hoy la vi.


Caminaba apresurado con el tiempo justo por un bulevar de Murcia, cuando por no ser capaz de resistirme a frenar unos instantes para curiosear por los puestos de libros ambulantes, me pareció ver a punto de cruzarse conmigo a la que hace casi dos décadas fue una gran amiga.


La combinación de incredulidad, prisas, y recuerdos adormecidos luchando por salir, hizo que la certeza de que era ella llegara a dos metros tras cruzarme. No sé si me vio, pero en décimas de segundo recordé cómo demasiados años atrás formó parte esencial de una historia que sucedería entre otra de sus amigas del alma y yo. El tiempo quiso que las perdiera a las dos de golpe.


Iba con carricoche, así que me alegré y al volver a mirar, pude reconocer a la chica que iba a su lado, en paralelo con otro carricoche. Reconocí la melena y entonces, aunque alejándose de espalda, la vi.


Y aunque desde mi juventud siempre me he preguntado si el lenguaje de los sentimientos nos cambia, por permitirnos actuar en un ejercicio de autoconsciencia sobre lo que sentimos, hoy no tuve palabras para describir el extraño vacío que, en algún punto indeterminado entre una alegría pálida y una tristeza sofocada por el paso de los años, me invadió.


Siempre pensé que en un juego imaginario de pañuelos de sentimientos, los melancólicos que conocieran la palabra se lo llevarían siempre ante la mirada incrédula de quienes, por no tener esa suerte, lo perderían pese a haberlo rozado entre los dedos.


Hoy perdí mi pañuelo, hoy estuve al otro lado….



miércoles, 30 de diciembre de 2015

''A dieta.''


‘Oye chica que me he puesto un mes a dieta de adjetivos y me está sentando fenomenal’

                O algo así nos dijo bromeando una conocida escritora en un taller literario de fin de semana al que asistí la pasada primavera. Intentaba transmitirnos importancia de ser muy comedidos con ellos en nuestros relatos.   

La verdad es que nunca me lo había planteado y además de atender a sus explicaciones intenté documentarme por internet. No encontré grandes argumentos acerca de la cuestión más allá de que con la reducción de adjetivos la narrativa gana en precisión, y en definitiva, en calidad. Así, si el sentido de una frase no se altera sustancialmente al suprimir alguno o la totalidad de ellos, mejor hacerlo.

Sin embargo, a mi entender, este estilo de escritura más pulcro, de alguna manera exige mayor esfuerzo tanto para el escritor como para el lector. El primero tendrá que, a través de su mirada singular condensar su mensaje en sustantivos y verbos. Suprimir ‘triste’ por ejemplo de una frase, le supondrá tener que transmitir la tristeza a través de los propios personajes y aquello que les ocurre. El lector a su vez tendrá que leer (tal vez en más de una ocasión) e interpretar razonadamente el cuerpo del mensaje, obteniendo como premio una opinión propia.

En definitiva, creo entender que con la literatura ocurre como con otras tantas aficiones, en las que se puede acceder a un mayor disfrute, pero que requieren dedicarles tiempo y sosiego, estando ambas cosas en contraposición con la sociedad de consumo rápido en la que nos ha tocado vivir.

Así que lo mejor que se me ocurre para este 2016 que está a punto de comenzar, es desearos que, aunque no seáis aficionados a la escritura,  incluso en vuestra vida diaria, os pongáis también dieta de adjetivos intentando no juzgar demasiado a los demás, y sobre todo, que en caso de hacerlo, los juicios sean propios  en vez de heredados de terceros.

Pero sobre todo, que hagáis pocas cosas y con la calma que necesiten.

Os deseo un feliz 2016 cargado de éxitos personales y profesionales.

Un abrazo.

 
Santi.


domingo, 27 de septiembre de 2015

'Se vende Mi ilusión, nº 6.'




    Tras mi habitual lectura de la prensa dominical en el chiringuito regresaba para comer caminando a casa por la avenida del Marqués de Rozalejo, personaje histórico del que (todavía) no sé nada pero sobre el cual comienzo a sentir curiosidad. Tal como la podéis imaginar, se trata de la típica calle amplia de urbanización playera, en este caso perpendicular a la costa, con mediana central, palmeras a ambos lados y un carril bici que va pasando de uno a otro, del cual estoy muy agradecido por facilitar la experiencia de mimetizarme con la mayoría de extranjeros residentes cuando me desplazo sobre dos ruedas.


    Pero por mucho que me guste sentir el viento en la cara a la vez que pedaleo y me cambio de acera acompañando al carril bici, las cosas interesantes ocurren casi siempre a menor velocidad, concretamente a la de mis pies. Es entonces cuando se me aparecen detalles desconocidos en fachadas de colores y jardines de la multitud de dúplex y apartamentos diseñados en su momento sin ningún tipo de orden ni concierto con respecto a los preexistentes.


    No suele ser extraño encontrar cualquier tipo de cartelería con variopintos mensajes, multitud de nombres de villa descoloridos por el sol, e incluso alguna muestra de algo a caballo entre arte urbano, un espantapájaros contemporáneo, o (quién sabe) el pasatiempo de unos chavales que decidieron adornar su jardín con una vieja bici de paseo puesta del revés de la que colgaron adornos multicolores y alguna botella de agua sobre la  que se reflejan los mismos rayos de luz que hacen guiñar los ojos en las fachadas blancas.

   La casualidad hizo que a mitad de mi paseo acabara mi penúltimo sueño despierto delante de una vivienda de dos (quizás tres) plantas llamada 'Mi ilusión', y que al levantar la vista encontrara en la planta de arriba un cartel informando de su venta.

    No he podido evitar volver a casa pensando en el vendedor, los motivos por lo que quería desprenderse de su ilusión, si pudo dar allí al menos parte de los besos y abrazos con los que soñó, si disfrutó mucho (como yo) de los atardeceres del Mar Menor, o si tuvo con quien compartir una taza de café caliente alguna tarde de lluvia....


martes, 5 de mayo de 2015

'Explorando la despensa.'


          Entre los muchos motivos que puede tener cualquier persona para considerarse afortunada, no suele faltar sentirse querida por buenos amigos. Si además, como es mi caso, pertenecen a ámbitos muy diferentes, las ventajas se multiplican por permitir asomarse a otras realidades y formas de pensar diferentes a la nuestra.



Las aficiones no son una excepción a esto, y cuando coincido con algún amigo que me explica con pasión algún hobby que me es ajeno, a veces me siento como un niño que en la cocina, de puntillas, levanta la vista hacia una despensa abierta, buscando con la mirada entre frascos y latas de variados colores algún pequeño tesoro como pueda ser una chocolatina, quizás alguna galleta apetecible, o un bote de crema de cacao.


En mi caso, os puedo comentar que me encanta que me hablen de  deportes que aún no he practicado, o géneros literarios a los que me he acercado poco o nada. De los últimos por ejemplo, uno de los que apenas he frecuentado (salvo varias novelas distópicas como puedan ser ‘1984.’, ‘Un mundo feliz.’ o ‘Fahrenheit 451.’) es el de la ciencia ficción. Aunque en el cine no me pierdo película fantástica alguna, tengo que reconocer que leer las obras maestras del género es una de mis asignaturas pendientes. Ayudado entonces por la riqueza de detalles de las explicaciones de mis amigos, imagino que serán del tipo de novelas que, una vez liberadas de muchos condicionantes de tipo histórico o cotidiano, permiten desarrollar tramas en las que se abordan cuestiones existenciales de primer orden, muchas veces en forma de grandes retos del futuro.


Como no puede ser de otra manera, uno de los temas centrales que aparecen en estas novelas, es la existencia de vida extraterrestre, su grado de evolución y por supuesto, su actitud para con nosotros. Me inclino a pensar, que en caso de que apareciera alguna especie visitante, por el hecho de habernos encontrado estaría en posesión de un avance tecnológico muy superior al nuestro, y probablemente no fuera muy amigable, por resultarles insignificantes como especie. En definitiva, no nos tratarían mucho mejor que nosotros lo hacemos con gran parte del reino animal y vegetal. Imagino que la clave de que pudieran sentir algo de empatía que les generara compasión, estaría directamente relacionada con la capacidad de comunicación entre ambas especies. Me vienen a la mente entonces un par de los variados conceptos acuñados por el autor del conjunto de novelas de  ‘La saga de Ender.’, en particular ‘ Ramen ‘ que serían miembros especies de otros mundos con los que es posible la comunicación y al menos potencialmente, la coexistencia pacífica, y ‘Varelse’, que sería también especies de otros mundos, con los que con independencia de su inteligencia, no es posible la comunicación, por lo que sería justificable una guerra en defensa propia. Pero lo verdaderamente valioso es que se trata de conceptos que dependen totalmente del punto de vista del juicio y madurez del que los establece, de manera que una misma especie podría ser considerada como ramen o varelse en función de la especie que la juzgue.


Bajando a cuestiones más terrenales, y como ocurre con tantas reflexiones inducidas por el género, no resulta muy difícil encontrar analogías con el mundo en el que nos ha tocado vivir, en el que tenemos acceso inmediato a verdaderas atrocidades en tiempo real con independencia del lugar en que se produzcan. No sorprenden entonces al leer sobre la naturaleza violenta humana ejemplos como la cárcel simulada por alumnos de la Universidad de Stanford repartiéndose los roles de prisioneros o guardias. En aquel experimento los maltratos reales que se produjeron hacia los encarcelados, comenzaron por comenzar los carceleros a reclasificarlos como ‘no personas’. Por el contrario, podemos encontrar curiosos ejemplos para la esperanza como el que se cita en ‘La tabla rasa.’ acerca de la participación de George Orwell en la guerra Civil española, que vio a un hombre corriendo por su vida medio desnudo sujetándose los pantalones con las manos, ‘Me reprimí de dispararle- escribía Orwell-. No disparé en parte por ese detalle de los pantalones. había venido a matar fascista; pero un hombre que trata de que no se le caigan los pantalones no es un fascista; evidentemente es una criatura amiga, un semejante.’ La clave en ambos casos está en incluir o expulsar a los extraños de nuestro círculo moral, con independencia de que seamos conscientes o no de ello.    


Así que supongo por todas estas cosas que  la empatía, además de facilitarnos buenos ratos entre amigos, sería deseable que llegará ser unos de los pilares de cualquier sistema educativo que forme personas.


Bueno, os dejo, voy a buscar algo a la cocina.

viernes, 27 de marzo de 2015

'Noches de radio.'

          Nunca me sentiré lo suficientemente agradecido por saber apreciar y apasionarme a diario con esas pequeñas cosas inmateriales. Así, a lo largo de mis distintas etapas vitales, sin prisa ni pausa, siempre he intentado construirme una rutina rica en contrastes y matices en la que sentirme cómodo. En la última que me ha tocado vivir y va ya para siete años, la radio ha adquirido un papel importante por acompañarme tanto en mis cien kilómetros diarios que hago como mínimo para ir a trabajar, como en mis ratos libres entre noches y fines de semana.


Como cualquier persona, en este mundo cambiante no sé que me deparará incluso el futuro más inmediato, pero siempre guardaré con especial cariño esos paseos nocturnos por un paseo marítimo solitario de Los Narejos en pleno invierno, en los que bien abrigado y siempre en compañía de mi programa de radio favorito, caminaba durante una hora disfrutando intensamente del relax de saber el día vencido.


No recuerdo exactamente el momento en que descubrí ´La Brújula.’ en Onda Cero, pero supongo que me quedé maravillado desde el primer momento en que escuché los monólogos de Carlos Alsina a las 20.00h comenzando su programa.  Sin renunciar al humor (cuando procedía) con una exquisita combinación de suspicacia, diplomacia y brillantez, me facilitaba un breve resumen de una jornada de la que hasta ese momento desconocía la actualidad informativa. Generalmente me encontraba en el coche, o muchas veces ni podía hacerlo por seguir en la oficina, pero a lo que siempre he intentado no renunciar ha sido a escuchar al menos un par de veces por semana su tertulia de economía de las 21:00 durante mis paseos nocturnos playeros.


Hace un par de semanas me enteré por la prensa de que dejaba el programa para presentar en la misma cadena el de las mañanas, y la casualidad ha querido que oyera en el coche (como no podía ser de otra manera) su monólogo de despedida que daba comienzo a su última edición de ‘La Brújula.’ tras diez años desde que comenzó a presentarlo. Verdaderamente brillante y emotivo, a la vez que lo escuchaba animado por sus palabras no he podido evitar echar la vista atrás y recordar mi última década, sin olvidar como ha cambiado tanto el mundo como sobre todo nuestro país en estos años.


            En fin, no me quiero poner sensiblero ni rollero, iba para tres líneas y al final he retrasado lo que muy agradecido me gustaría compartir, que es el enlace tanto al audio como escrito  de ese último monólogo vespertino plagado de talento de una gran persona que comienza una nueva etapa y a la que le va ir fenomenal.  


Espero que lo disfrutéis.
 





martes, 10 de marzo de 2015

80 / 20



Son muchos los motivos por los que me apasiona un taller de escritura de relatos al que asisto desde hace unos meses y que pronto finalizará.


Entre otras cosas, me ha permitido leer una bibliografía selecta escogida con excelente criterio por mi polifacética profe. También coincidir con buenos compañeros con los que analizarla  y, por supuesto, intentar escribir algún relato decente que compartir con ellos a la vez que vamos leyendo los suyos, que están resultando ser magníficos e inspiradores, todo un ejemplo para esforzarme en mejorar.


Además, si hay algo que le agradezco es asignarme fecha, obligándome a poner literalmente el culo en la silla para preparar algo que leer en clase, volviendo a comprobar empíricamente una vez más el ‘Principio de Pareto’, algo que ya había aplicado para orientar esfuerzos en otros ámbitos de mi vida, especialmente el profesional.


Para los que no la conocéis, fue planteada por el sociólogo, filósofo y economista italiano en términos de porcentajes de distribución de la pertenencia del poder y riqueza en la sociedad (afirma que un 20%  ostenta la posesión del 80%). Sin embargo, de forma más amplia, también se puede resumir de manera coloquial en que el 20% de las causas de algo es el responsable del 80% de los efectos.


Así, con la premisa de que conocemos ese reducido grupo de acciones que origina la mayoría de las consecuencias, podemos obtener un rápido rendimiento en cualquier tarea o proyecto que nos propongamos, ya sea profesional o personal.


Si os parece demasiado abstracto, pensad por ejemplo en lo fácil que es perder los primeros kilos siguiendo un régimen alimenticio  adecuado, dejar de fumar la primera semana, o con el conveniente entrenamiento, mejorar los primeros tiempos cuando se empieza a correr….


Una vez que tenemos una mejora rápida obtenida con un rendimiento excelente en base a un esfuerzo correctamente orientado, nos invade la duda propia de cualquier jugador de casino que ha tenido una buena noche:


¿Cuando paramos?


Salvo que seamos unos optimistas irredentos embaucados por la ingente bibliografía de la psicología positiva (que en muchos casos tanto daño ha hecho), conscientes de que tenemos tiempo y talento limitados, comenzaremos a intuir que el camino que nos queda es mucho más complicado y requiere unas ingentes cantidades de esfuerzo.


Entre otras muchas opciones, algo razonable podría ser quedarse en el tramo inicial de casi todo lo que comenzamos obteniendo éxitos moderados a un coste muy razonable, porque así nos sobrará tiempo para encontrar nuestras verdaderas pasiones, aquello por lo que merezca la pena dejarse la piel por el camino para llegar a lo máximo a lo que podamos aspirar.
 
También habrá quien se machaque por igual en todas y cada una de sus metas, sin valorar demasiado los recursos que va consumiendo por el camino, ni la prioridad relativa de sus potenciales logros.


Me imagino que, tarde o temprano, cada persona encontrará su receta.


¿Y tú, la encontraste?
 







domingo, 8 de marzo de 2015

'Sobre lo incompleto.'

   Por aquello de recordarme a ‘fanático’, nunca he querido verme como ‘fan’ de nada ni nadie. Interpretando el diccionario a mi manera, prefiero el término ‘apasionado’ para describir aquello que nos hace brillar los ojos o perder la noción del tiempo, ya sea practicándolo o describiéndolo a los sufridos incautos que se nos van cruzando por el camino.

    Muy a mi pesar, con el escritor japonés H. Murakami me estoy acercando peligrosamente a la línea del primer término, y  no me cuesta imaginarme lleno de emoción cargado con más de media docena de libros suyos, para que me los firmara en una hipotética visita suya a alguna feria del libro por nuestro territorio patrio.

    Como me queda poco ya para terminar de leer su obra completa, me raciono bastante sus publicaciones. Muchas veces me las compro y las guardo con celo durante meses para ocasiones especiales como pueda ser un viaje.

    Así, con motivo de una escapadica a San Sebastián el fin de semana pasado, aproveché para llevarme su penúltima (creo) obra, la novela ‘Los años de peregrinación del chico sin color.’. A diferencia de otras creaciones, no es muy extensa y la pude completar en el trayecto de ida y vuelta en tren desde Madrid.
   
A lo largo de sus páginas, presenta gran cantidad de elementos comunes con el resto de su obra, como pueda ser una magnífica tensión narrativa a la hora de resolver enigmas polifacéticos, tramas situadas en distintos escenarios y épocas, o un verdadero deleite hedonista  en placeres simples como la música, la comida o la bebida. Por supuesto, no falta precisión a la hora de describir lo incompleto, como pueda ser amor sin sexo y sexo sin amor.

Sin embargo, y al igual que ocurría con ‘Al Sur de la frontera, al Oeste del Sol, la fusión de lo real y lo fantástico apenas está presente, por lo que permite ponerse en el  lugar del protagonista con mayor intensidad, sentir su soledad, ilusiones, miedos y pasiones de una manera que al menos para mí resulta muy especial.

No me enrollo más, os animo a leerla y os dejo con el música que le da nombre.





 

martes, 10 de febrero de 2015

'La distancia.'

A pesar de saber con anterioridad de su existencia, creo que sería unas semanas antes de navidades mirando en unos grandes almacenes varios modelos de portátiles, cuando prácticamente me topé por primera vez con una televisión en alta definición con pantalla curva.
No pude evitar pararme para comprobar si había habido con estos nuevos aparatos un salto cualitativo considerable en la calidad de la imagen. Supongo que así era, y el hecho de que además para su diseño se hubiera decidido curvar la pantalla con el propósito (intuyo) de generar una sensación envolvente del visionado, me hizo pensar que no está tan lejos el día en que su imagen se logre hacer indistinguible de la realidad.
Seguramente en la batalla tecnológica por lograr entornos artificiales hiperrealistas, irán siempre por delante de la televisión los sistemas de realidad virtual, o los generadores de hologramas, pero con independencia de que la finalidad próxima de cada una de las empresas desarrolladoras de estas tecnologías sea aumentar sus ventas ( y en definitiva sus beneficios), no me queda tan clara la finalidad última de este progreso tecnológico en particular.
Puedo llegar a entender que estas futuras simulaciones nos permitirán infinidad de aplicaciones que incluso ahora nos costaría imaginar, pero a la vez me preocupa que el creciente interés de interaccionar on line (en detrimento de las relaciones sociales convencionales), nos haga preocuparnos más por lo lejano, generando distancias insalvables  con quienes tenemos más cerca.
Si alguna vez os habéis sentido solos, aislados por un muro invisible, en alguna reunión social en la que los asistentes estaban más pendientes de sus smartphone que de vosotros, sabéis a lo que me refiero.   
Ya nadie duda de que fenómenos surgidos en entornos virtuales como las redes sociales están cambiando progresiva e irreversiblemente la forma de relacionarnos. Actualmente podemos comunicarnos en tiempo real con personas en cualquier parte del planeta, y por supuesto, reducir distancias emocionales al hacerlo con nuestros seres queridos. En definitiva emitir cualquier información por buena, mala trascendental o irrelevante que sea. También acceder a cantidades ingentes de documentos de una manera con la que no hubiéramos soñado hace no tantos años.
A pesar de todas estas fantásticas ventajas tecnológicas, intento pensar que es lo que en última instancia hace más apetecible estar permanentemente conectado frente a no hacerlo. Elegir lo virtual frente a lo real.
Me viene a la mente  tal vez que en primer lugar en los entornos virtuales prima la cantidad de información frente a la calidad, ya sea  acerca de nuestras relaciones sociales, de lugares por visitar, o de noticias sobre el mundo que nos rodea. La mayoría de veces no tenemos tiempo de contrastar nada, y lo que es peor, realmente no queremos.
Seguidamente la facilidad de acceso (entendida como comodidad), algo muy importante en la actualidad, porque la cultura del esfuerzo no pasa por sus mejores momentos. Siempre costará menos ver un documental de alpinismo que subir a una montaña. De relaciones sentimentales ni hablamos.
En relación con la facilidad cobra importancia la rapidez, y con esta última la superficialidad campa a sus anchas para que finalmente aparezca la impunidad, entendida como la capacidad de observar sin ser visto, y en algunos casos, de sentir que las consecuencias negativas de nuestras acciones van a ser en muchos casos sensiblemente inferiores a las que cabrían esperar en el mundo real, cuando no inexistentes. Pensad por un momento que si de niños habéis fantaseado por momentos por ser invisibles, no sería para nada bueno.
Y si esa invisibilidad puede ser muy atractiva para muchos, no lo es menos la posibilidad de alimentar la vanidad a la vez que se proyecta una imagen personal algo distorsionada de la realidad. Personalmente pienso que el autoengaño es uno de los peores posibles, pero contemplo este fenómeno de una manera lo más aséptica posible, como también lo hago con el concepto de extimidad.
Me imagino que con esta apasionante combinación de ventajas y desventajas, la potencialidad que tienen las nuevas tecnologías ( incluso sin nombrar otras áreas como la inteligencia artificial) para cambiarnos es inmensa.  
Esperemos que sepamos aprovecharlo.



domingo, 2 de noviembre de 2014

'Con otra luz.'


Vivir bajo la influencia de un tremendo despiste nos genera a los que los que lo sufrimos bastantes inconvenientes tanto propios como para los nuestros.  

No son pocos los momentos del día en los que tu cabeza por alguna extraña programación neurológica que se me hace inescrutable, desconecta durante un instante y como si de un ordenador se tratara ‘reinicia’ tu ‘sistema operativo’.

Intentando ser algo más poético a esos momentos prefiero llamarles ‘soñar despierto’.

Afortunadamente esas exóticas ausencias también tienen su lado bueno por, al menos en mi caso, percibir con gran riqueza de detalles todo lo que me rodea, pero sobre todo percibir siempre como si fuera la primera vez la belleza de cualquier cosa o lugar aun siendo muy cotidiano.

Supongo que cualquier amante de la fotografía, pintura o poesía sabrá a lo que me refiero.

Esta noche por ejemplo a la vuelta de un paseo nocturno por un paseo marítimo de Los Narejos casi desierto he vuelto a vivir por una de las avenidas principales la extraña sensación de estar inmerso en una fotografía. Fantaseando con el hecho de que sin nadie que observe no hay tiempo que transcurra o suceso que se dé, me encanta disfrutar de esos momentos tan míos.

Pero sin embargo hoy había algo diferente que alteraba sustancialmente la experiencia de deambular por ese instante congelado imaginario.

No he tardado en darme cuenta que han cambiado las luminarias de toda la avenida. Incluso conservando los antiguos báculos, la nueva iluminación LED imprime a todo el vial una luz fría que contrasta con la antigua y cálida iluminación amarilla de todo el paseo.

Como si fuera forastero en mi tierra, tendré que acostumbrarme hasta la primavera…

miércoles, 15 de octubre de 2014

''Eligiendo los yogures.''

           Desde pequeño siempre me encantaron las revistas y los libros de divulgación científica, sobre todo los artículos que hablaban de lo extraordinariamente grande como planetas y galaxias, o de lo increíblemente pequeño como átomos y quarks.

De esto último, la física cuántica, intentaba extrapolar algunos fenómenos a la escala de mi mundo y además de sufrir vértigo mental, ocurrían cosas muy extrañas como en el de Alicia en el País de las Maravillas. A pesar de ello había ideas que me parecían muy interesantes como la de que por el simple hecho de contemplar la realidad, alteramos su estado.

Sin ánimo de confundiros con ejemplos que os puedan parecer exóticos de lo que comento, hay uno que me gusta desde hace años: imaginad que tenéis que medir la temperatura del agua de una piscina con un termómetro convencional. En sentido estricto, lo que vais a poder medir es una especie de media ponderada entre la temperatura inicial del termómetro y la del agua. Pensaréis que siendo la masa de agua muy superior a la del termómetro la diferencia va a ser insignificante y así es, pero imaginad por un momento  que el termómetro es muy grande, hay poca agua, siendo además las diferencias de temperaturas iniciales considerables. Las cosas comienzan entonces a distorsionarse más de lo aceptable quizás.

Os comento todo este rollo introductorio porque en la compleja época que nos está tocando vivir, por primera vez en la historia tenemos acceso en tiempo real a noticias ocurridas en cualquier parte del planeta, lo cual presenta no pocas ventajas e inconvenientes difíciles de digerir con la misma rapidez que se ponen de manifiesto.

Así, uno de los aspectos positivos de la tecnología es la posibilidad de denunciar injusticias sociales, religiosas, políticas o económicas allí dónde suceden, haciendo que algunos de los colectivos responsables, iluminados por un repentino interés por la ética y la transparencia hagan acto de contrición y se autoimpongan severos reglamentos para evitar que determinadas conductas reprobables vuelvan a repetirse.

Sin embargo entiendo también que al igual que cualquier poder conlleva una responsabilidad, siendo termómetro virtual de todo cuanto ocurre, los ciudadanos como opinión pública también tenemos cierta obligación de hacer un ejercicio responsable al dejar constancia de nuestras opiniones sobre la actualidad, cualesquiera que sean los medios. Más que nada para evitar una espiral retroalimentada de desinformación, confusión y caos que en la mayoría de los casos a nadie beneficia por hacer indistinguible la temperatura de los hechos con la de las opiniones en muchos casos irreflexivas, destructivas y condenatorias del tipo que sean.

En particular, me refiero a que asumiendo que la actualidad sucede a un ritmo vertiginoso con una velocidad muy superior a nuestra capacidad para formarnos una opinión propia de casi cualquier tema, al menos con ciertos sucesos sensibles deberíamos darnos  al menos un par de días para analizar lo que ocurre. Me incomoda bastante cuando se da un suceso improbable de alto impacto, contemplar por ejemplo en redes sociales un número ingente de documentos de opinión claramente sesgados, que no han sido reflexionados (ni en muchos casos leídos) por quien los comparte. Y es que en el mundo en el que vivimos resulta infinitamente más fácil suscribir la opinión de un tercero (con independencia de su rigor) que formarnos la nuestra.

No deberíamos subcontratar nuestro pensamiento en paquetes completos sesgados como quien se tiene que llevar los yogures de plátano junto con los de fresa por ser packs indivisibles en el estante del supermercado.

Pensemos por ejemplo antes de compartir la información de un tercero sobre algo de rabiosa actualidad (suponiéndola veraz), si podríamos mantener nuestra opinión dentro de un periodo de tiempo razonable (por ejemplo un año) con independencia de los hechos que vengan después y que a buen seguro la pondrán a prueba.

También si en una imaginaria ‘cata ciega’ de opinión, la mantendríamos o atacaríamos sin saber antes de qué organización económica, política o religiosa proviene.

O si  es suficiente para validarla que se sostenga una postura parecida en otro país, aunque sea el mismo al que recurrimos para invalidar otras cuando nos conviene.

Y finalmente si una persona concreta, o incluso un hecho que implique a muchas, son suficientes para invalidar una idea.


Fuente Wikipedia


“Las grandes mentes discuten ideas. Las mentes promedio discuten eventos. Las mentes pequeñas discuten personas” – Eleonor Roosevelt

domingo, 21 de septiembre de 2014

'¿Sólo un juego?'

     Aún con menos tiempo disponible del que me gustaría, llevo un par de años simultaneando la lectura de novelas con la de  ensayos que me ayuden a entender en mundo en el que vivo.

    No sabría concretaros exactamente la temática de algunos, creo más bien que son multidisciplinares, si bien todos suelen incluir entremezcladas ideas filosóficas, sociológicas, antropológicas, económicas y también relacionadas con la psicología e incluso con el marketing.

       El último de los libros de esta temática tan variada con el que estoy es la ‘La tabla rasa.’ (S. Pinker). Debido a su profundidad y extensión, y al escaso tiempo que le dedico, voy más lento de los que me gustaría, pero habiendo pasado  la mitad de sus más de seiscientas páginas os puedo asegurar que es una obra magistral sobre la naturaleza humana, pues recopila, analiza y en algunos casos desmitifica los múltiples puntos de vista que a lo largo de los siglos hasta la actualidad han ido aportando filósofos, antropólogos, economistas, políticos, neurocientíficos e incluso hasta dictadores genocidas.

      Esta mañana leía unas páginas de esta obra sobre el altruismo y me ha llamado la atención como explicaba a través de los estudios de algunos economistas conductuales, algo que muchos de nosotros intuimos y es que la inmensa mayoría de las personas ni somos los egoístas inmorales que comportándose en base a intereses individuales hacen funcionar el mercado estrictamente según oferta y demanda, ni tampoco en el otro extremo encajamos bien en un modelo comunista en el que todo es de todos.

      Lo explicaba con cuatro juegos desarrollados para estos estudios en los que os animo a participar a través de vuestros comentarios:

  1. El juego del Ultimátum: Consigues una gran suma de dinero que debes repartir con otro participante. Puedes repartir a tu criterio pero si el otro rechaza su parte, los dos os quedáis sin nada. ¿Cuánto le darías?
  2. El juego del Dictador: Igual al anterior, pero el otro jugador nada puede hacer ante lo que reciba. ¿Cuánto le darías?
  3.  El juego del Doble ciego del Dictador: Igual que el anterior, pero se esconden las propuestas de muchos jugadores, y ni los organizadores del experimento ni los que reciben saben cuánto ofreció cada uno de ellos ni de quién han de recibir. ¿Cuánto darías?
  4. Finalmente, está el juego del Bien Público: todos los jugadores hacen una aportación anónima y voluntaria a un bote de dinero común; en este caso quien realiza el experimento lo dobla y el bote se reparte a partes iguales entre los participantes, cualquiera que haya sido su aportación. ¿Cuánto aportarías?

 Espero que os hayan parecido interesantes esto juegos, y en función de vuestro interés, en unos días desarrollaría tanto el comportamiento de los participantes en de estos estudios como las  conclusiones académicas a las que se llegaron y las implicaciones sociológicas y políticas que tienen.




EDITADO: Los tres primeros juegos conductuales se podría decir que estudian comportamientos individuales para determinar aspectos concretos en relación con el altruismo a nivel individual.

Así, en el primero de ellos la mayoría de las personas ofrece una cantidad inferior a la mitad, que sería la cantidad que tiene unas posibilidades muy altas de ser aceptada por el contrario. De esa cantidad que ofrece una parte está relacionada con el miedo a ser rechazada por el contrario como represalia por recibir una cantidad sensiblemente  inferior a la que recibió el participante.
Si se descuenta el miedo a la represalia entramos en el segundo juego, en el que el posible receptor no tiene capacidad de decisión alguna y por tanto el jugador tiene control total sobre las consecuencias de su decisión. En este caso y como es de esperar, la cantidad media que se ofrece es  inferior a la primera. De esa parte que se ofrece hay una parte que está relacionada con la imagen que puedan tener de nosotros tanto el entrevistador como el posible receptor.

Finalmente, y ya bajo el anonimato, como es de esperar, se comprueba en los experimentos que las cantidades se reducen drásticamente de media.

Los que separa a esas cantidades de ser cero  está relacionado con nuestro altruismo  podríamos decir ‘natural’o intrínseco.

El último de los juegos tiene una naturaleza algo distinta y tiene que ver con nuestro altruismo pero en relación con la organización social a la que pertenecemos. En este juego la estrategia colectiva óptima es aportar todo lo que tenemos, pues si todos los participantes se comportan igual, se dobla la totalidad de los bienes del conjunto de los participantes.

Sin embargo la estrategia individual óptima es no dar nada y esperar recibir nuestra parte una vez que se doblen las aportaciones de los demás, circunstancia que bajo el anonimato es fácil que se dé. Adicionalmente, la decisión de aportar muy poco sobre lo que se tiene o nada puede obedecer también  a otro enfoque particular en el caso de una persona que posee mucho más dinero que las demás, si lo aporta todo, aun cuando los demás hicieran lo mismo, al recibir su parte de repartir a partes iguales lo doblado entre todos podría recibir menos de lo aportado. Ambas circunstancias podrían explicar por qué en organizaciones sociales incluso con economías muy intervenidas en lo que se refiere a políticas redistributivas de riqueza, las personas ( en su ‘holgazanería social’ según la denominan los psicólogos sociales) no se esfuerzan al máximo (en el juego de la cuerda tiran menos de lo que lo harían individualmente, o ante una ovación pública aplauden con menos gana) con independencia de que tengan mucho o poco.




domingo, 31 de agosto de 2014

'Agárrate que vienen curvas.'

             Con el paso de los años, nunca terminas de estar seguro de si esta actitud vital de vivir analizándolo todo es un premio o un castigo, pero al final terminas dándote cuenta de que es inútil imaginarte sin hacerlo porque con la pérdida de algo tan íntimo,  serías entonces otra persona.
           
En mi época de estudiante, esta forma de ser tenía sus ventajas, por ser mucho más fácil asimilar algo que has entendido aunque fuera incluso bibliografía técnica. Me viene a la memoria por ejemplo, que en la normativa para el diseño de carreteras te limitaban la longitud máxima de las rectas a intercalar entre las inevitables curvas, y también la relación entre los radios consecutivos de éstas últimas. Me resultaba entonces mucho más fácil para memorizar que se debían evitar las rectas largas para que el conductor no redujera su nivel de atención ante la conducción y que, intercalar después de forma súbita una curva cerrada (de pequeño radio) sin antes pasar por una más amplia, como si de un garrote de caramelo se tratase, podía aumentar sensiblemente la accidentalidad creando un punto negro.
           
Viviendo en un permanente (y muchas veces involuntario) escrutinio de todo lo que te rodea resulta difícil aburrirte, pero si incluso la apasionante y a la vez dramática época de cambio que nos toca vivir no resulta suficiente, siempre está ahí el eterno comodín de la especulación sobre el futuro, cuestión muy interesante además de para reflexionar sobre ella, también para compartir unas cervezas.
           
Normalmente lo que ocurre al tratar este tema con amigos soñadores como los lectores de este blog, surge una tormenta de ideas aparentemente inconexas o contrapuestas, que en medio de una animada charla no siempre es fácil conectar o reconducir, algo que sin embargo resulta más fácil por escrito.
           
Al hablar el progreso, la cuestión estrella, hay un consenso generalizado acerca de que estamos en el mejor momento de la historia de la humanidad, por tener acceso a productos y servicios (sanitarios, educacionales o asistenciales), que han hecho que se haya duplicado la esperanza de vida en el último siglo y que siga aumentando a un ritmo de dos años y medio por década. También en contra de la intuición, parece ser que estamos viviendo la época con los índices de violencia en mínimos absolutos. Puede parecer un contrasentido esto que afirmo, no ya por la inevitable comparación entre países desarrollados y el resto, sino incluso en nuestro propio país, donde parece que día a día  aumentan las desigualdades sociales; y sin embargo no son en absoluto hechos incompatibles.
           
Imaginad a dos coches recorriendo una carretera diseñada con las pautas generales que os he comentado antes, con rectas no demasiado largas, y curvas de diversos radios que aumentan o disminuyen gradualmente; el primero de ellos es relativamente nuevo y potente, además de ir cargado de combustible, mientras que el segundo es viejo, de prestaciones convencionales y además no va sobrado de combustible. A priori, ambos coches avanzan en una marcha a distintas velocidades, por lo que inevitablemente la distancia entre ellos es variable,  y aumenta especialmente en las curvas, donde al motor del segundo por su menor potencia y carga de combustible le cuesta más obtener potencia extra para salir de la curva; por el contrario en alguna de las rectas, algunas veces el segundo vehículo puede recuperar algo de la distancia perdida frente al primero. No cuesta demasiado extrapolar el primer coche a las naciones o colectivos ricos y desarrollados, el segundo al resto de colectivos, las rectas a los periodos de paz y crecimiento económico, y  finalmente las curvas a las crisis.
           
Incluso con una visión tan simplificada del progreso, es inevitable pensar en qué se basa, lo que conduce indefectiblemente a pensar en materias primas procedentes de la minería, en las áreas cultivables a nivel mundial, las destinadas a la ganadería, y en última instancia, al consumo de energía global. Es entonces cuando a nadie se le escapa que no se puede sostener un crecimiento indefinido basado en recursos claramente finitos. No pretendo escribir aquí una entrada apocalíptica, pero al menos sí sembrar la duda acerca de si el modelo capitalista basado en un consumismo desaforado es sostenible. Los defensores del modelo actual argumentan que siempre habrá un salto tecnológico que aumente increíblemente la eficiencia en el uso de los recursos, pero aunque no me cabe duda de que la tecnología conseguirá logros increíbles a día de hoy en las próximas décadas en campos como la nanotecnología, la ingeniería genética y la inteligencia artificial, tal vez alguno de ellos llegue tarde, de manera que antes de llegar a disfrutar de la increíble calidad de vida que nos proporcionarán, muchos coches como el segundo del ejemplo se quedan tirados en unas imaginarias curvas cada vez más cerradas.
           
Continuando con mis especulaciones, también me planteo cuestiones como que incluso sin conocer los límites del planeta, si la población mundial se ha duplicado desde 1970 hasta ahora, dudo que fuera sostenible sea posible que lo volviera a hacer en los próximos cuarenta años. En este sentido, soy consciente de que la evolución demográfica mundial es la agregación de las de los distintos continentes, que son absolutamente dispares en este sentido, pues nada tiene que ver una cada vez más envejecida Europa con Latinoamérica ó África, así como de existen países con grandes tasa de crecimiento y otros como China con una política demográfica muy estricta. No obstante, la tendencia actual, aun con cierto ralentizamiento, es de continuar creciendo.

Por todo esto que os comento, no me cuesta imaginarme un futuro próximo con aumento de presión migratoria (con el consiguiente mestizaje) tanto entre distintos continentes como entre países cercanos debida a esta crisis actual que parece que vaya a hacerse endémica, causando muchas tensiones sociales y xenofobia debidas a las dispares interpretaciones  de diversos colectivos en cada país sobre el aumento de las desigualdades, con el consiguiente surgimiento de partidos políticos en ambos extremos del espectro político. Esto tal vez ocasione entre otras cosas, que ante el dilema moral de los gobernantes entre seguridad colectiva y libertad individual, termine ganando la primera, con las inevitables consecuencias sociológicas que ello tendrá, entre ellas reforzando la actual tendencia de que la forma de relacionarnos se base cada vez más en la tecnología frente a los encuentros reales. Tampoco me cuesta imaginar el aumento de las crisis entre las relaciones de los países del primer mundo por el control de las fuentes de energía, aunque la versión oficial para los medios sea que las causas de estas crisis siempre sean cuestiones éticas apelando a la solidaridad entre los pueblos. Visto así, hasta futuras grandes guerras no parecen descartables como un motor más (junto a las catástrofes naturales, la obsolescencia programada, o hacer creer a los consumidores que tienen necesidades materiales muy por encima de las que realmente tienen)  de un sistema capitalista que necesita destruir bienes prácticamente a la misma velocidad que los crea, para seguir vendiendo otros nuevos que los sustituyan.

Así, siempre termino elucubrando si el futuro que nos espera será como las carreteras que me enseñaron a diseñar, o  si por el contrario, tras la última recta larga de más, la próxima curva será muy cerrada como aquel garrote de caramelo, que esta vez sería de todo menos dulce.